La temporada de huracanes 2026 se perfila como una de las más contrastantes de los últimos años para México. Mientras el océano Atlántico mantendría una actividad cercana al promedio histórico, el Pacífico oriental podría registrar una temporada más activa e incluso con ciclones de mayor intensidad, impulsados por condiciones oceánicas asociadas al fenómeno de El Niño.
Especialistas del Instituto de Ciencias Atmosféricas y Cambio Climático de la UNAM explicaron que este fenómeno climático modifica la atmósfera y el océano de forma desigual entre ambas regiones, alterando la formación y evolución de los ciclones tropicales.
De acuerdo con pronósticos del Servicio Meteorológico Nacional, en el Atlántico podrían formarse entre 11 y 15 ciclones tropicales, un comportamiento relativamente cercano a los niveles habituales. Sin embargo, en el Pacífico se prevén entre 18 y 21 sistemas, una cifra superior al promedio climatológico.
El contraste responde principalmente a la llamada cizalladura vertical del viento, es decir, las variaciones en velocidad y dirección de los vientos en distintos niveles de la atmósfera. En el Atlántico, El Niño incrementa este fenómeno y dificulta la organización de los ciclones. En el Pacífico ocurre lo contrario: el calentamiento del océano favorece condiciones más propicias para el desarrollo e intensificación de huracanes.
México es especialmente vulnerable a estos fenómenos. Registros históricos muestran que el país recibe en promedio 5.4 impactos de ciclones tropicales cada año en sus costas, con alrededor de 270 eventos contabilizados en las últimas cinco décadas.
Pacífico más activo y huracanes más intensos
Christian Domínguez Sarmiento señaló que El Niño puede favorecer la presencia de huracanes más potentes en el Pacífico oriental, incluso de categorías 4 y 5, debido al incremento de temperatura superficial del mar.
El desplazamiento de aguas cálidas desde la región ecuatorial hacia las costas mexicanas incrementa la energía disponible para los ciclones tropicales. Este fenómeno suele intensificarse entre agosto y noviembre, periodo en el que también pueden registrarse ondas de calor marinas que potencian aún más el fortalecimiento de estos sistemas.
Durante esos meses también puede presentarse la canícula, un periodo caracterizado por una disminución temporal de lluvias y, en algunos casos, de actividad ciclónica, seguido de un nuevo incremento de precipitaciones y tormentas.
Los especialistas explicaron que para que un huracán se forme deben coincidir múltiples factores atmosféricos y oceánicos. Entre ellos destacan temperaturas superficiales del mar superiores a 26.5 °C, humedad suficiente en la atmósfera y ausencia de cambios bruscos de viento en altura.
Además, los ciclones requieren un disturbio inicial que funcione como detonante y sistemas de presión atmosférica que definan su trayectoria. Esto explica por qué cada huracán evoluciona de forma distinta y puede modificar su ruta conforme interactúa con otros sistemas meteorológicos.
El agua, el mayor riesgo
Aunque la imagen más común de un huracán suele asociarse a sus fuertes vientos, los investigadores subrayaron que el principal peligro proviene del agua.
Las lluvias intensas pueden provocar inundaciones severas, desbordamientos de ríos y deslaves en zonas montañosas, incluso lejos del punto de impacto del ciclón.
A esto se suma la marea de tormenta, considerada uno de los fenómenos más destructivos asociados a los huracanes. Se trata de una elevación anormal del nivel del mar acompañada de oleaje intenso que puede penetrar varios kilómetros tierra adentro.
Los especialistas advirtieron que la magnitud de los daños no depende únicamente de la categoría del huracán. Factores como la velocidad de desplazamiento o la cantidad de humedad disponible pueden aumentar considerablemente los impactos.
Uno de los fenómenos que más preocupa a la comunidad científica es el incremento de eventos de intensificación rápida, procesos en los que un ciclón gana fuerza en muy poco tiempo.
Diversos estudios internacionales relacionan esta tendencia con el calentamiento de la superficie del mar y el aumento del contenido de calor en las capas superiores del océano. Una atmósfera más cálida también puede retener más humedad, lo que favorece lluvias más intensas.
Un ejemplo es el estudio “La probabilidad de que los huracanes experimenten una intensificación rápida aumenta en un 50 % durante las olas de calor marinas”, elaborado por investigadores estadounidenses, que identifica a las olas de calor oceánicas como variables fundamentales para comprender el fortalecimiento acelerado de los huracanes.
No obstante, los especialistas de la UNAM señalaron que aún existen limitaciones para analizar tendencias de largo plazo debido a que los registros confiables abarcan apenas algunas décadas, principalmente desde la era satelital.
Prevención, monitoreo y retos para México
Ante este escenario, los investigadores coincidieron en la necesidad de fortalecer la cultura de prevención y el monitoreo meteorológico en México.
Actualmente, el seguimiento de ciclones tropicales combina información obtenida por satélites, boyas oceánicas, estaciones terrestres y aviones cazahuracanes, herramientas que permiten mejorar la precisión de los pronósticos.
Sin embargo, en el Pacífico mexicano persisten retos importantes por la limitada cobertura de observación oceánica, particularmente en el monitoreo de la temperatura en las capas superiores del mar, donde se concentra la energía que alimenta a los huracanes.
Los especialistas también destacaron la importancia de fortalecer los sistemas de alerta temprana y la difusión de información preventiva entre la población, especialmente en comunidades costeras vulnerables.
En México, las autoridades trabajan en el desarrollo de nuevas herramientas de notificación directa a teléfonos celulares para mejorar la capacidad de respuesta ante emergencias. No obstante, los expertos subrayaron que la tecnología debe complementarse con educación y preparación social para reducir riesgos y salvar vidas





